Eones atrás, existió un bosque donde los arboles en lugar de tener hojas, tenían lágrimas, que al desprenderse, en lugar de caer, subían al cielo. Ese bosque era oscuro, húmedo y solitario, no contaba con ningún habitante, salvo uno. Un único habitante, muy peculiar e idóneo para un lugar como el Bosque de las Lágrimas que suben al Cielo. Este habitante era el oscuro Conejo Cojo.
Aquel Conejo Cojo, era un ser tan miserable que lloriqueaba por todo el bosque mientras se arrastraba por los suelos. Lamentando su suerte, maldiciendo al estúpido responsable de su desgracia, un hombre que le quitare la pata, para conservarla como amuleto de la buena suerte. Esa era la rutina del Conejo Cojo, todos los días, era lo mismo. Quejarse, lamentarse, maldecir y arrastrarse... siempre lo mismo. Un pobre, miserable y patético ser era aquel Conejo Cojo.
Era tanta la miseria del Conejo Cojo, que fue más allá de los límites del Bosque de las Lágrimas que suben al Cielo y llego hasta la lejana ciudad sin lugar, una especie de isla flotante, llamada la Gran Urbe, donde habitaba un ser iluminado, lleno de bondad y paz. Este ser, no era sino la Gran Tortuga Roja, de nombre Lya. Al enterarse de la situación tan precaria del pobre Conejo Cojo, decidió emprender el viaje hasta el Bosque de las Lágrimas que suben al Cielo y ayudar al Conejo Cojo.
El viaje fue largo, lleno de obstáculos y dificultades, pero Lya, la Gran Tortuga Roja, supo como librarlos, para poder llegar hasta el imponente Bosque de las Lágrimas que suben al Cielo. Se adentro en la oscura intimidad de los árboles, buscando por todos lados al Conejo Cojo, entre los árboles, la maleza, los agujeros, detrás de las rocas y en la copa de los árboles, sin poder siquiera encontrar un rastro o una pista que le diera razón del paradero del Conejo Cojo.
pasaron varios días, con sus noches y Lya, la Gran Tortuga Roja, no lograba encontrar la mas mínima señal de la existencia del Conejo Cojo. Un poco frustrada y con algo de mal humor en su rostro, decidió regresar a la Gran Urbe y deshaciendo sus pasos, se enfilo hacia los limites del Bosque de las Lágrimas que suben al Cielo y en el camino a la orilla de este, la Gran Tortuga Roja, se tropezó y cayó al suelo, aparatosamente rodó y rodó hasta terminar golpeando su caparazón estruendosamente con un árbol de corteza ennegrecida. Molesta se levanto y miro hacia el lugar donde había tropezado, tratando de encontrar la piedra que la había hecho caer y cual fue su sorpresa que, lo que la había hecho tropezar había sido el mismo Conejo Cojo que se arrastraba por los suelos en ese momento.
Doloridos por el choque se miraron el uno al otro, el Conejo Cojo con odio porque ella no sufría lo que el y ella con compasión por la desgracia que vivía segundo a segundo el Conejo Cojo. Lya, la Gran Tortuga Roja, se acerco y tomo al Conejo Cojo entre sus aletas y con toda su bondad e iluminación, pidió por su pronta recuperación. Y gracias a ello, Lya lo sano, dándole una pata nueva, dibujando en su rostro una enorme sonrisa, como hacia muchísimo tiempo no esbosaba.
El Conejo Cojo, brinco de un lado a otro por la emoción y esta fue tanta que en uno de esos saltos, alcanzo la luna, y decidió quedarse a vivir ahí. Para que de esta forma, el mundo supiera que aun existen seres que a pesar de que les hagas algún daño, consiente o inconsciente, son capaces de perdonar y ayudar desinteresadamente, entonces el Conejo que ya no era cojo, renombro a la luna, dándole el nombre de la Gran Tortuga Roja, Lya.








