
La intimidad de una oficina, adornada suntuosamente con tapices de oriente, armaduras europeas, frescos renacentistas y pinturas de precios exorbitantes era el santuario de aquella exitosa mujer, de rasgos duros y mirada de hielo. Sentada detrás de su lujoso escritorio de roble blanco, se encontraba ella, contando fajo tras fajo de dinero, sintiendo un enorme placer cada que pasaba un billete por entre sus dedos. Una mueca simulaba una sonrisa en su anguloso rostro.
Aquella mujer estaba corrupta hasta la medula, haciendo hasta lo imposible por acumular cuanta riqueza le fuera posible. Sin importarle siquiera por encima de quien tuviese que pasar para conseguirlo. Se sabía torcida y eso le alegraba su amargo corazón. Su incansable empresa de hacerse rica, la había sumido en la mas profunda de las soledades, había jugado con su mente y le había deformado la percepción.
Supliendo el amor y las caricias, por dinero y poseciones, mismas que utilizaba para satisfacer sus necesidades de mujer, cada noche, se encerraba en aquella lujosa oficina, donde contaba dinero y se acariciaba con algunas de sus costosas reliquias, siendo este su ritual de todas las noches, hasta que la sorprendía el amanecer y se arrastraba por los pasillos de la enorme mansión, hasta su habitación y dormía todo el día.
Una vez mas, en la oficina, contando dinero, un fajo tras otro, sonriendo, en esa mueca que deformaba sus rasgos, hasta convertirlos en una mueca retorcida, digna de una mascara de algún demonio chino. Esa noche, después de contar su dinero, tomo entre sus manos un finisimo abrecartas de plata, con mango de mármol e incrustaciones de rubíes, esmeraldas y diamantes, una pieza del siglo XVI que recién había conseguido en el mercado negro, por una jugosa cantidad de dinero. La tomo entre sus manos y con suma delicadeza la acaricio y contemplo largo rato. la pasaba de una mano a otra, con movimientos lentos, se encontraba como en trance.
Primero en una mano, luego en la otra, despacio la balanceaba entre una mano y la otra, sonriendo. por un instante sale del trance y observa sus tesoros al rededor de ella, y hay uno que le llama la atención. Un espejo antiguo, de esos que se hacían con placas de plata, pulido de una manera única que reflejaba la imagen con una precisión única. Una pieza hermosisima, la única por la que no tuvo que pagar, pues era una reliquia familiar. Se acerco al espejo, aun con el abrecartas en las manos, se contemplo por unos instantes y sin mas, acaricio su rostro con el filo del abrecartas, haciendo pequeños cortes en la delicada piel. No importaba, tenia el dinero con el cual pagar cualquier operación y corregir ese tipo de incidentes. Este pensamiento la hizo soltar una carcajada, que nadie mas que el espejo pudo escuchar y entender su significado. El espejo, a su vez, rió, silencioso y malicioso como era, retorció su imagen y la hizo verse, poderosa, inmortal. Justo lo que ella había pensado momentos atrás.
Entre risas, levanta una vez mas el abrecartas, y hace un corte mas profundo en su rostro, el dolor parece no importarle, pues sabe que tiene los medios para arreglar ese tipo de incidentes. Otro corte, esta vez en el cuello, es profundo, tanto que un grito ahogado escapa de su boca. La sangre escurre por su cara y cuello, mancha las finas telas de su vestimenta, y gotea desde esta hasta el suelo, formado lentamente un charco de sangre. No importa, tiene el dinero para resolver estos incidentes. Un corte mas, esta vez en sus brazos, cada vez lo s hace mas profundos y dolorosos, se arranca gritos sin sonido y sonrisas torcidas. la sangre le brota de cada corte como si de ríos color carmesí se tratase.
El espejo, rompe a reír otra vez, carcajadas histéricas, sin sonido, lo hacen convulsionarse; deformando aun mas la imagen, dándole la impresión de que es aun mas poderosa de lo que ya se creía, haciéndola ver que los cortes no son tan profundos como en realidad son. Esto la hiere, pues ni todo el dinero del mundo le puede comprar seguridad, la seguridad de saber que es ella la que tiene el control de las situaciones. Es entonces cuando vuelve a hacer cortes en los brazos, mas profundos, lastimando mas allá del músculo, llegando a las venas y arterias. La sangre sale expulsada como si hubiesen abierto un grifo. Otro corte en el cuello, con fuerza, profundo. El grito esta vez se ahoga no por placer, sino porque ya no puede salir, se atora en la garganta cercenada.
Los ríos de sangre corren raudos hacia el suelo, estrellándose contra un tapete persa, que a estas alturas ya se encuentra inundado. Lentamente cae al suelo, sin soltar el abrecartas, es una adquisición muy cara. Se da cuenta de que va a morir y piensa en todo el dinero que va a perder y que no va a poder ganar. Hace una mueca, un gesto entre dolor y coraje, pues su carrera por conquistar las riquezas del mundo, se ve truncada.
Empieza a convulsionar, el espejo la mira en silencio. Sonríe, triunfante. Aquella mujer, de gestos duros, mirada fría y rasgos angulosos, se ve derrotada, humillada y pobre. Lentamente pierde las fuerzas, la vida se le va en un hilo color grana. El espejo admira en silencio, como la millonaria, al final no tiene nada.
Y ahí yace la víctima de la Avaricia, que en su afán de riquezas y poder acabo consigo misma.
Aquella mujer estaba corrupta hasta la medula, haciendo hasta lo imposible por acumular cuanta riqueza le fuera posible. Sin importarle siquiera por encima de quien tuviese que pasar para conseguirlo. Se sabía torcida y eso le alegraba su amargo corazón. Su incansable empresa de hacerse rica, la había sumido en la mas profunda de las soledades, había jugado con su mente y le había deformado la percepción.
Supliendo el amor y las caricias, por dinero y poseciones, mismas que utilizaba para satisfacer sus necesidades de mujer, cada noche, se encerraba en aquella lujosa oficina, donde contaba dinero y se acariciaba con algunas de sus costosas reliquias, siendo este su ritual de todas las noches, hasta que la sorprendía el amanecer y se arrastraba por los pasillos de la enorme mansión, hasta su habitación y dormía todo el día.
Una vez mas, en la oficina, contando dinero, un fajo tras otro, sonriendo, en esa mueca que deformaba sus rasgos, hasta convertirlos en una mueca retorcida, digna de una mascara de algún demonio chino. Esa noche, después de contar su dinero, tomo entre sus manos un finisimo abrecartas de plata, con mango de mármol e incrustaciones de rubíes, esmeraldas y diamantes, una pieza del siglo XVI que recién había conseguido en el mercado negro, por una jugosa cantidad de dinero. La tomo entre sus manos y con suma delicadeza la acaricio y contemplo largo rato. la pasaba de una mano a otra, con movimientos lentos, se encontraba como en trance.
Primero en una mano, luego en la otra, despacio la balanceaba entre una mano y la otra, sonriendo. por un instante sale del trance y observa sus tesoros al rededor de ella, y hay uno que le llama la atención. Un espejo antiguo, de esos que se hacían con placas de plata, pulido de una manera única que reflejaba la imagen con una precisión única. Una pieza hermosisima, la única por la que no tuvo que pagar, pues era una reliquia familiar. Se acerco al espejo, aun con el abrecartas en las manos, se contemplo por unos instantes y sin mas, acaricio su rostro con el filo del abrecartas, haciendo pequeños cortes en la delicada piel. No importaba, tenia el dinero con el cual pagar cualquier operación y corregir ese tipo de incidentes. Este pensamiento la hizo soltar una carcajada, que nadie mas que el espejo pudo escuchar y entender su significado. El espejo, a su vez, rió, silencioso y malicioso como era, retorció su imagen y la hizo verse, poderosa, inmortal. Justo lo que ella había pensado momentos atrás.
Entre risas, levanta una vez mas el abrecartas, y hace un corte mas profundo en su rostro, el dolor parece no importarle, pues sabe que tiene los medios para arreglar ese tipo de incidentes. Otro corte, esta vez en el cuello, es profundo, tanto que un grito ahogado escapa de su boca. La sangre escurre por su cara y cuello, mancha las finas telas de su vestimenta, y gotea desde esta hasta el suelo, formado lentamente un charco de sangre. No importa, tiene el dinero para resolver estos incidentes. Un corte mas, esta vez en sus brazos, cada vez lo s hace mas profundos y dolorosos, se arranca gritos sin sonido y sonrisas torcidas. la sangre le brota de cada corte como si de ríos color carmesí se tratase.
El espejo, rompe a reír otra vez, carcajadas histéricas, sin sonido, lo hacen convulsionarse; deformando aun mas la imagen, dándole la impresión de que es aun mas poderosa de lo que ya se creía, haciéndola ver que los cortes no son tan profundos como en realidad son. Esto la hiere, pues ni todo el dinero del mundo le puede comprar seguridad, la seguridad de saber que es ella la que tiene el control de las situaciones. Es entonces cuando vuelve a hacer cortes en los brazos, mas profundos, lastimando mas allá del músculo, llegando a las venas y arterias. La sangre sale expulsada como si hubiesen abierto un grifo. Otro corte en el cuello, con fuerza, profundo. El grito esta vez se ahoga no por placer, sino porque ya no puede salir, se atora en la garganta cercenada.
Los ríos de sangre corren raudos hacia el suelo, estrellándose contra un tapete persa, que a estas alturas ya se encuentra inundado. Lentamente cae al suelo, sin soltar el abrecartas, es una adquisición muy cara. Se da cuenta de que va a morir y piensa en todo el dinero que va a perder y que no va a poder ganar. Hace una mueca, un gesto entre dolor y coraje, pues su carrera por conquistar las riquezas del mundo, se ve truncada.
Empieza a convulsionar, el espejo la mira en silencio. Sonríe, triunfante. Aquella mujer, de gestos duros, mirada fría y rasgos angulosos, se ve derrotada, humillada y pobre. Lentamente pierde las fuerzas, la vida se le va en un hilo color grana. El espejo admira en silencio, como la millonaria, al final no tiene nada.
Y ahí yace la víctima de la Avaricia, que en su afán de riquezas y poder acabo consigo misma.


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