viernes, 10 de julio de 2009

Envidia


Aquel hombre nudoso miraba por la ventana de su habitación, contemplaba su entorno con ojos inyectados de sangre. El gesto se le torcía cada que lograba divisar a alguno de sus vecinos. Le era imposible soportar la simple idea de que alguno de ellos fuese feliz, exitoso o simplemente que lograse tener algo, por simple que fuera, el lo deseaba.

Sus fosas nasales se hinchaban cada que esto sucedía, resoplaba con fuerza, apretaba los puños y crujía la mandíbula, se corroía por dentro. Con los ojos entre cerrados dejaba escapar una sonrisa cargada de odio y rencor.

Debido a su actitud, su estancia era demasiado austera, se pasaba la vida contemplando y renegando de los los éxitos y logros conquistados por la gente que le rodeaba, sin hacer algo para si mismo y poder conseguir así, algo, por mínimo que fuera, para sí mismo.

Caminando como león enjaulado en la pequeña habitación, haciendo aspavientos de un lado al otro, maldiciendo su mala suerte en voz baja, mascullando uno y mil insultos para aquellos que a diferencia de el, habían logrado conseguir algo, lo que fuera, ya no importaba, el hecho era que el no lo había logrado, que el no lo poseía y eso era suficiente para que se sulfurase e hiciese tal berrinche, infantil.

Entre vueltas, corría a la ventana, a ver si alguno de sus vecinos estaba a la vista, repudiaba el estilo de vida que todos tenían, la opulencia en la que se desarrollaban sus vidas y los lujos que el no podía tener. Otra vez, caminar presurosamente de un lado a otro. Ya se sentaba en el viejo sillón, ya caminaba de nuevo. Siempre intranquilo, siempre a la espera de que alguien le cediera sus pertenencias, su vida.

A veces se quedaba dormido en sus "guardias", ahí donde el sueño lo sorprendiera, en la silla junto a la ventana, en el viejo sillón o una esquina de la habitación. Se hacia un ovillo y disfrutaba de los sueños, pues ahí era donde el tenia dinero, poder, pertenencias, lujo, mujeres y todo aquello que en la realidad deseaba con todas su ansias. A veces se despertaba y el llanto lo asaltaba, pues se daba cuanta de que todo había sido un sueño, y el regresar a su realidad, le dolía y lo hacia sentir patético y miserable.

De día o de noche era lo mismo, los horarios para el no importaban, nunca hacia nada, solo observar en la distancia. Sentía que si dejaba la seguridad de su habitación, los demás le quitarían lo poco que poseía y seguramente no lograría lo que los demás, pues el mundo conspiraría en su contra para hacerlo fracasar, como alguna vez le sucedió en el pasado. Vueltas, caminatas, estados de vigía y sueños placenteros era a lo que se reducía su existencia. Un observador, así se consideraba. Un vouyeur, lo etiquetaban los vecinos.

Pegado a su puerta, tratando de escuchar alguna platica de sus vecinos, logro escuchar que la hermosa modelo que vivía dos pisos arriba de él, se le había encontrado muerta, destrozada y deformada frente a su espejo. Entonces el pensó: "Yo tengo un espejo". Siguió escuchando y otro de los vecinos comento que algo similar le había sucedido a la exitosa mujer que vivía en la mansión ubicada al final de su propia calle. Una sonrisa se dibujo en su rostro, desde hacia mucho tiempo no lograba un gesto tal. El rostro le dolió un poco y corrió hasta su espejo, contemplo la graciosa mueca y comprendio entonces lo que debía hacer. Esta vez tendría lo que los demás y estaba en sus manos hacerlo.

El espejo al contemplar la sonrisa del hombre, sonrió a su vez, una sonrisa de complicidad. Aquel hombre, busco la silla que estaba cerca a la ventana, la tomo entre sus nudosas manos y con todas sus fuerzas, la estrello contra el suelo. Haciéndola estallar en varios pedazos, quedandose con solo un par de maderas puntiagudas en las manos. Observo detenidamente las puntas, corrió al espejo que se encontraba doblado y deformado en una muda carcajada. Se miro a si mismo como alguien que conseguiría lo que deseaba. volvió a mirar las puntas de la madera, una sonrisa triste se asomo por sus labios y una lágrima de éxito escapo de sus ojos.

Levanto entonces una de las maderas y sin pensárselo dos veces, la enterró de lleno en el abdomen, soltando un grito, mezcla de dolor y placer. Removió la madera en su interior y un hilo de sangre escurrió de su boca, manchando ligeramente la superficie del espejo. Otro tanto goteaba desde la herida hasta el suelo. La sonrisa de satisfacción no se borra de su rostro. Saca la madera de su abdomen y la vuelve a calvar, cerca de la primera herida. Otro borboton de sangre sale de su boca y uno aun mayor de las heridas. Su piel palidece y su mirada se vuelve vidriosa, pero esa sonrisa triunfante no se desvanece.

La otra mano, levanta la madera faltante, la sitúa por encima de su cabeza y de un solo golpe la hunde en uno de sus ojos, hasta el fondo. Con su otro ojo contempla por ultima vez su rostro, bañado en sangre, sonriente, triunfante, por fin tiene lo que alguien mas tuvo. La fuerza le abandona la piernas y se desploma, cayendo de rodillas y luego de cara al suelo. Las maderas enterradas en su abdomen y ojo se clavan aun mas, traspasando su cuerpo. Aun respira y escucha a sus espaldas las risas histéricas del espejo. La imagen deformada por este y las manchas de sangre se vuelve mas horrenda a cada segundo pues la sangre se exparse hasta alcanzar la puerta de la habitación y salir hasta el corredor. Muy pronto se darán cuenta de su gran logro y su nombre sera pronunciado por todos los vecinos, al fin le darán reconocimiento. Con sus ultimas fuerzas sonríe y trata de mostrarse triunfante. Exhala por ultima vez y con ese suspiro deja testimonio de su único y gran logro.

En el suelo de la austera habitación, yace, sin vida, la pobre víctima de la Envidia.

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