lunes, 6 de julio de 2009

Gula


La pequeña habitación ya no le era suficiente para el volumen que había adquirido últimamente. Cada vez se volvía mas austera la pequeña habitación, quedando sólo una mesa, una silla, estufa y un espejo en la pared. Todo lo que necesitaba aquel ser inmenso, salvo el espejo, que se había quedado ahí pues le era imposible subir tanto los brazos para descolgarlo. El espejo estaba sucio, empolvado y olvidado. Hacia ya mucho tiempo que ni siquiera reparaba en la presencia del espejo.

Su existencia se reducía a solo comer y dormir, tomaba sus horas de sueño sentado en la silla, recostando su enorme cuerpo sobre la mesa. Solo se levantaba para calentar algo de comida y hacer sus necesidades en una de las esquinas de la habitación, pues le era imposible salir de ella, debido a su gran volumen. Cada que se levantaba hacia la estufa, pasaba al lado del espejo y nunca reparaba en que este estuviera ahí. Hasta ahora.

Un as de luz, se coló por la ventana y se reflejo en el espejo, dando un destello que le dio justo en el rostro, haciéndolo girar y contemplar que el espejo seguía ahí, silencioso espectador de cuanto pasaba en la pequeña habitación. dificultosamente se puso en pie y dirigió sus pasos hacia este. Cada día era mas y mas trabajoso el caminar. Lentamente se acerco al espejo, hasta que llego a este y admiro su reflejo. La visión era abrumadora.

El había dejado de ser el hombre atlético y apuesto que algunos años atrás había sido, para convertirse en un hombre descuidado, de cabellos largos, barba manchada por comida de quien sabrá cuando, con la cara hinchada y perlada en sudor, el cuerpo deformado por las múltiples capas de grasa y sudor acumulados durante todo este tiempo. Con mucho esfuerzo, levanto los brazos hasta alcanzarse el rostro con mucho trabajo. Estiro la piel de su cuello y cara, contemplado entre el polvo del espejo, en la mole de grasa, sudor y suciedad en la que se había transformado. Era la primera vez que se veía en el espejo, después de mucho tiempo, desde que quedo confinado a la pequeña habitación. Se encontraba desagradable a la mirada, la suciedad y el sudor de su rostro le hicieron sentir nauseas y por primera vez en mucho tiempo, reparo en su insoportable hedor. Era como si al contemplarse en el espejo, saliese de un sopor que le impedía ver la realidad y se percatara de cuanto había cambiado en este tiempo.

Las lágrimas corrieron por sus mejillas y unos espasmos lo estremecían en toda su enorme humanidad, se sentía miserable por haberse dejado a sí mismo, convertirse en aquel ser de dimensiones sobre humanas y aspecto grotesco. La tristeza que lo invadía le provoco un hambre arrolladora, sentía como si un vórtice en su estomago fuese a devorarlo pronto, debía comer algo para calmar el ansía, el hambre y la tristeza. Camino lo mas rápido que pudo hacia el pequeño mueble donde guardaba la comida y esta vez, sin calentarla, devoro como poseso, paquetes y mas paquetes de comida eran engullidos con prisa y desesperación. Rápidamente el pequeño mueble de comida fue vaciado, el hambre no se había acabado, la tristeza le impedía saciarse. Regreso ante el espejo, se miro una vez mas. Los restos de comida en la barba se miraban asquerosos, enredados entre la maraña de pelos de la barba. Esta visión aunada al hambre insaciable que experimentaba era una combinación debastadora.

El espejo, que en silencio contemplaba la desaparición del hombre, se divertía al verlo sufriendo, dejando escapar silenciosas carcajadas de su fría superficie. La risa convulsa lo hizo deformarse y mostrar algo inexistente al pobre hombre. Su rostro se deformaba aun mas, tomando la forma de un gran trozo de pan, levanto las manos para palpar si esto era real y así pudo ver que sus brazos eran como un par de trozos de jamón ahumado. El hambre insaciable lo impulso a dar un mordisco a uno de los brazos y el sabor no le fue desagradable, un poco de dolor recorrió su brazo pero insignificante a comparacion con la satisfacción que le daba comer. Otra mordida y otra, y otra, pronto había llegado al hueso y se dirigió entonces, penosamente al otro brazo, arrancando antes trozos de piel de su rostro, simulando ser pan. La sangre lo cubría por completo y se debilitaba poco a poco.

El espejo no paraba en sus carcajadas silenciosas, deformandolo cada vez mas. Aquel pobre hombre se estaba desangrando al comerse vivo. Unos cuantos minutos transcurrieron desde el primer mordisco y fue entonces cuando se desplomo, produciendo así un enorme estruendo, el sordo ruido de un cuerpo de tales dimensiones estrellándose contra el frío suelo, contra el húmedo charco carmesí de su propia sangre. En el suelo, con sus ultimas fuerzas, mordió de nuevo el brazo, dando con una vena, que absorbió como si se tratase de pasta. La sangre del suelo parecía aderezo que lamió lentamente, hasta irse quedando dormido. Para nunca mas despertar.

Ahí yacía el, en el suelo, en medio del charco de sangre y trozos de su propio ser le rodean, están a medio masticar. El espejo regresa a su fría naturaleza, las risas mudas cesan y el hombre, a su vez, se convierte en su propio espejo, mostrando su insaciable sonrisa, su incansable búsqueda por la felicidad a través de los placeres gastronómicos y su apetito voraz. Tan voraz que lo orillo a acabar consigo mismo.

La Gula ha cobrado su víctima.

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