lunes, 13 de julio de 2009

Ira


Entró, tempestivamente, tras azotar con fuerza la puerta. Con el rostro inyectado en sangre, sulfurado, bufando por la rabia que sentía en aquel momento. Fijo su vista en los trastes olvidados sobre la mesa, se acerco rápidamente hasta ellos y los aventó al suelo, empujándolos fuera de la mesa con los antebrazos y las manos. Acto seguido, tomo la mesa entre sus manos y levantándola por los aires, la estrello contra la pared, rompiéndola en varias piezas.

Lo siguiente fueron las sillas, algunos adornos y un estante cercano. EL lugar quedó convertido en una zona de guerra, en cuestión de solo unos cuantos segundos. Destrucción y caos le precedían. El sentimiento de enojo, rabia y odio le llenaban el alma en esos momentos. Fuese cual fuere el motivo, no importaba. Últimamente se dejaba abrazar por este sentir, con una facilidad tal que ya prácticamente lo llevaba a ese estado salvaje en el cual nada ni nadie se encontraba a salvo estando cerca de él.

Todo cuanto había en aquel cuarto había sido presa ya de sus arranques de rabia. Todo, salvo un espejo de cuerpo completo que se encontraba montado sobre la puerta de entrada, un regalo de su madre, su primer enser desde que dejo la casa materna. Este siempre se salvaba de las agresiones. Ignoraba si era por mostrarle la realidad o por el recuerdo de su madre que este le traía a la mente. Esta vez no fue la excepción y al verse, vuelto una furia, se detuvo en seco. Se miro en el espejo y pudo ver una vez más el monstruo en el que se había convertido.

Es espejo siempre miraba divertido todas sus rabietas y con gesto impasible lo dejaba hacer para al final calmarlo, pero esta vez fue diferente. Esta vez, se doblo y deformo en una mueca retorcida, mostrándolo como un monstruo, lleno de rabia y odio. Molesto de verse de esta manera, arremetió de nuevo, contra las paredes y las pocas cosas que aun quedaban a salvo, destruyendo todo. Soltando puñetazos contra las paredes, alguno que otro golpe le hicieron sangrar las manos, haciendo que se molestara aun más. Fue entonces cuando perdió por completo los estribos y se abalanzo contra el espejo mismo, lo golpeo con la cabeza, haciéndolo pedazos de un solo golpe.

Los pedazos de vidrio salieron volando por todos lados. Pequeños reflejos de la realidad, dejando ver la verdadera naturaleza de aquel hombre. Y fue uno de estos pedazos de espejo el que proyectado por los aires, le rozo el cuello, lo suficientemente profundo para alcanzar su yugular. Llevo sus manos a la herida, tratando de cubrir la salida de la sangre, en vano. Estallo en un nuevo ataque de rabia y golpeo los restos del espejo, haciendo que algunos de ellos se calvasen en sus manos y su rostro. Otro de ellos fue a dar en uno de sus ojos, vaciándolo de inmediato. Con el rostro y la ropa empapados en sangre, arrodillado, golpeando el suelo y el gesto aun encolerizado.

Así pasaron unos minutos que parecieron horas, utilizando todas sus fuerzas, que a cada segundo se iban menguando, hasta que cayó al suelo. Vencido, sin sentido. Gruño por última vez a manera de suspiro. Perdió la razón, el sentido y por último la vida. Tirado en un charco de sangre y restos del espejo, con el gesto torcido en una mueca de odio. El rostro y las manos destrozadas por su rabieta.

Ahí en la entrada, a espaldas de la puerta, yacía, la victima de la ira.

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